Buscador de tesoros

Confirmado: el turismo deja un tesoro en Las Grutas

San Antonio Oeste. ¿Quién, mientras disfrutaba de un día de playa no perdió algo que llevaba consigo? Especifiquemos: cuando hablamos de haber perdido algo, nos referimos a algo trivial, como un objeto de uso cotidiano que se nos puede caer sin querer de entre nuestras pertenencias y perderse entre la arena, suponemos para siempre. Lo aclaramos, porque también se han extraviado vínculos afectivos en una tarde de mucho calor por culpa de alternativas más apetecibles que fueron imposibles ignorar al menos visualmente.

Volviendo al tema, en esos centros turísticos veraniegos donde concurren miles de personas por día durante al menos dos meses seguidos, como en el caso de Las Grutas, no sería equivocado pensar que en su costa se puede encontrar lo inimaginable tras la concurrida temporada.

Eso mismo se preguntó un aventurero francés que hace algunos años probó suerte en el balneario Las Grutas con un detector de metales con el que “peinó” la zona entre la Primera y la Séptima Bajada, el sector de playa grutense más concurrido de turistas.

Pero en su caso, quizás acuciado por la intriga, no esperó la finalización del verano, sino que a mitad de febrero se calzó unos auriculares gigantes, tomó el instrumento que se asemeja a una bordeadora para cortar césped con una especie de disco en su extremo inferior, y transitó la orilla marina ante el asombro de los veraneantes, muchos de los cuales lo acompañaron en su particular periplo.

Hay varios testigos que recuerdan perfectamente aquella tarde de calor en que el oportuno francés colocó el sensor a pocos centímetros del suelo y caminó pacientemente haciendo zigzag entre las sombrillas multicolores y los atractivos cuerpos tostándose al sol.

Cada tanto, seguramente cuando la alarma del detector le sonaba en sus oídos, se detenía en el lugar señalado y con una simple palita de jardín escarbaba un pequeño hoyo, desde donde extraía un trofeo cubierto de arena húmeda que, después de limpiarlo con las manos y un certero soplido, lo depositaba en una cajita de alambre que llevaba atada a su cintura como si fuera un cofre donde asegurar las riquezas encontradas.

Testigos de aquella jornada recordaron que el visitante europeo recogió monedas de todas las denominaciones posibles, cadenitas, pulseras, collares, anillos, algunos cubiertos y hasta un reloj pulsera que a pesar de que mostraba haber permanecido durante un largo tiempo sepultado, su tic-tac era aún perceptible. Claro que no solo eran objetos de relativo valor lo hallado. El muchacho también desenterró infinidad de tapitas algo oxidadas de gaseosas y cervezas, que muchos desaprensivos arrojan al piso.

Nunca se supo con exactitud cuales eran las intenciones del rastreador. Algunos dicen que pudo haber buscado algo en especial, como un valioso cofre cargado de joyas que desapareció tras el naufragio de un galeón en la época de la colonia, y que por algún capricho de la naturaleza fue arrastrado hasta la costa. Otros señalan que quizá realizaba algún tipo de experimento para conocer el nivel socioeconómico de los turistas que llegan a estos pagos, como hacen los agentes secretos que espían los residuos de alguna persona para saber que consumen. O quizá actuaba solo impulsado por su curiosidad, aprovechando que contaba con el aparato y la posibilidad de conocer alguna chica entrometida.