“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 10

El jueves siguiente, pocos días después del episodio del Gordo y la Jesika, teníamos partido en el complejo del sur, donde teníamos turno fijo.

Hasta entonces el Gordo se había mantenido distante. Estuvo enclaustrado en su casa, pero atendía a todos por teléfono.

Se notaba que sobre el tema no quería hablar, pero nosotros sí, y lo hacíamos intensamente debido a la gran intriga que generó el hecho y, debo reconocer, con el infaltable tono de humor que iba a veces a lo más íntimo. Eran de esas bromas que duelen, pero que se soporta por la licencia que da el ser amigos de toda la vida. Por eso se aceptan, y porque también se sabe que vendrá la revancha en el momento menos pensado. Es apostar que seguiremos juntos siempre.

El jueves el tipo estuvo ahí. Como siempre llegamos sobre la hora, y el Gordo fue de los últimos, así que tuvimos tiempo suficiente mientras nos cambiábamos para reflexionar sobre la cuestión, con un coro de carcajadas de tanto en tanto, por supuesto. Solo nos preocupaba que faltaba uno, aunque no tanto, porque ya habíamos visto un par de candidatos para reemplazarlo ante la urgencia.

En ese trance estábamos cuando entró al vestuario. Estuvo afectuoso, y nos dio un abrazo a todos, como siempre en realidad. Ya venía vestido para jugar, así que se puso a calentar con mucho entusiasmo.

Hablamos sobre los rivales, que ya estaban practicando en la cancha, y las posibles tácticas para enfrentarlos, cuando se produjo la explosión.

Vengo a jugar, dijo solamente desde la puerta.

Nos invadió una parálisis con un silencio rotundo. Cruzamos algunas miradas, y la miramos ahora a ella. Se había atado el largo pelo negro azabache con una colita tipo Turu Flores, y llevaba zapatillas para césped sintético nuevitas, una remera aceptable para el desafío y unos pantalones cortos que le destacaban sus nalgas asiliconadas y sus piernas absolutamente lampiñas. Mientras que a pesar del uniforme futbolístico y su estampa de aspecto recio, sus pechos sobresalían claramente, lo que su aspecto generaba confusión.

“Se puede, no es cierto?”, preguntó con tono de ingenuidad, pero con algo de virilidad, que seguramente pensó sería el acorde.

Más desorientados quedamos y no supimos qué hacer.

Alguien dijo “por supuesto, podés jugar. Justo nos falta un zaguero, y vos eras un especialista”.

Lo tomó muy bien. Genial, contestó, y también se puso a hacer algunos movimientos.

Después charlando sin Jésika delante coincidimos mayormente que en ese momento se nos cruzó por la cabeza la cara de nuestros rivales al verla y los comentarios posteriores. Porque era algo que indudablemente iba llamar la atención y motivo de jarana, y hasta de burlas.

Y así fue.

Entonces tocó el timbre que nos anunciaba que teníamos que salir a la cancha.