“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 11

Nos dimos cuenta de entrada que su presencia no iba a pasar inadvertida. No sé porqué presentí –o si lo sabía- que pintaba para estar brava la cosa.

Los rivales ni bien la vieron entrar se miraron y no pudieron evitar sonreírse, aunque con un claro gesto de desconcierto.

Ella, en tanto, estaba en su mundo. Comenzó a trotar con la clara intensión de entrar en calor, con la seguridad de un profesional o de un aficionado acostumbrado a esos desafíos, como todos los que estábamos ahí.

Ahora más que antes era el centro de atención, aunque algunos la miraran sin el menor cuidado, pues en cada tranco que daba sus pechos se bamboleaban acompasadamente.

Los demás hacíamos el trabajo de precalentamiento también, y fue ahí cuando noté que varias personas se habían acercado atraídos por el espectáculo que estábamos a punto de dar. Permanecían pegados al alambrado que rodeaba el campo de juego y no disimulaban su intriga.

Aunque no tenía un espejo para mirarme, noté mientras hacía mis movimientos previos, como que había cambiado notoriamente el color de mi semblante por la conmoción que me generaba la escena. Lo supe sobre todo porque mis compañeros también lo estaban.

Me sentía ansioso por empezar el partido para que terminara de una vez, pero más me hubiera encantado que un hecho extraordinario hubiera forzado a suspender el encuentro y terminara cada uno yendo a su casa.

Miré al público que se había aglutinado, ahora en mucho mayor número, por lo que deduje que ya se había corrido el rumor. Inmediatamente caí en la cuenta que recién llevábamos transcurridos no más de 10 minutos de su aparición en la cancha, por lo que concluí que entonces al otro día el comentario ya estaría en todo el pueblo, y seguiría agigantándose hasta el infinito, como realmente sucedió.

Una especie de euforia me sobrevino en medio de la tensión al imaginarme que iba a ser uno de los protagonistas de aquella anécdota que estaba por nacer, de esas que quedan en el recuerdo para siempre.

Pensaba en eso cuando la escuchamos pedir la pelota, con un tono de voz que se sentía aniñado pero decidido, y la vimos disparar un terrible pelotazo que pasó apenas sobre el travesaño. Enseguida escuchamos el “Uhuu”, de los estadios ante cada peligro de gol, aunque un poco más sutil en esta oportunidad.

Quedamos todos asombrados. Un balazo!! Ella como si nada, siguió dando saltos en el lugar para no perder el ritmo.

“Buenos vamos que se pasa la hora”, gritó uno de los rivales, y todos coincidimos en empezar.

El Gordo se puso al arco, como habíamos estipulado, Jésika y José se pararon atrás, y con el Chino nos ubicamos en el medio, como para encarar el ataque.

Y comenzó el partido nomás.