“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 12

Debo confesar que un notorio nerviosismo me dominó los primeros minutos de la contienda, cosa que también observé en mis compañeros, lo mismo que entre los integrantes del otro equipo.

Me rebotó la pelota la primera vez que la recibí y fue directo donde estaba uno de ellos. Sin embargo se le pasó bajo la suela, y quedó lateral para nosotros. Sacamos, la tomaron ellos, después nosotros. Las tres o cuatro jugadas siguiente resultaron igual. Los 15 o 20 minutos restantes siguieron de manera intrascendente.

Era obvio que estábamos todos impactados por la presencia de la Jesika. Llamaba mucho la atención con sus piernas torneadas, sus pechos turgentes, su cintura estrecha. Pero, pese a esa carga de sensualidad, su imagen desconcertaba cuando se la observaba vestida de jugador de fútbol.

Ella, por su parte, cumplía con los antecedentes que teníamos de aquel Jorgito. Como antes no se complicaba para nada. Sacaba la pelota a los costados o hacia arriba, lejos del arco nuestro, como cuando íbamos a la escuela primaria.

Hasta que ella justamente, tal vez aburrida de tanto regalos de pelota, se la quitó a uno de sus delanteros con gran autoridad, avanzó por la izquierda, enganchó para adentro dejando desairado a un defensor que la salió a cubrir, y antes de que la enfrentara el otro sacó un impresionante derechazo que clavó el balón en el ángulo superior izquierdo.

Golazo, y lo gritamos como tal, aunque una cierta vergüenza en el fondo.

Del arquero ni noticias. Quedó paralizado con los brazos en alto, mostrando que había ofrecido en vano resistencia.

Jesika dio un grito satisfacción, algo afectado es cierto, y pegó la vuelta con el rostro exaltado, el puño de su mano derecha bien alto, cerrado con ímpetu, en señal de festejo, y se situó nuevamente delante del Gordo, su puesto natural de siempre.

Ellos quedaron verdaderamente sorprendidos por la firmeza con que reaccionó nuestro particular zaguero, a quien el gol pareció darle aún mayores bríos, tal lo que se vio después.

Consciente de nuestra parálisis, tomó el mando del equipo y comenzó a dar órdenes a viva vos. Esperó que le llegara la pelota al gordo, y se la pidió –tirándose sobre la derecha- para salir jugando de abajo. Con llamativa tranquilidad dio unos pocos pasos con el fútbol controlado por su pie derecho, la cabeza altiva, pensando, mirando nuestra ubicación y la de los rivales.

De repente me la tiró por rastrón, yo de espaldas al arco de ellos, y antes de que me llegara me gritó “solo”, lo que me dio tranquilidad para pararla y ver al Chino que corría a toda velocidad sin marca. Se la pasé algo adelante, cosa que cuando llegó se encontró solo frente al arquero. Clásica jugada de él, el Chino amagó a patearle al cuerpo, y enseguida la tocó fuerte abajo, al lado del palo. 2 a 0.

La confianza se acentuó en nosotros. A mí ya no me rebotó, lo mismo que al Chino y José, que se comenzó a complementar perfectamente en la defensa con la Jésika, quien se había convertido evidentemente en líder del equipo.

Mientras afuera los comentarios y las risas se comenzaban a escuchar cada vez más. El descrédito que creyeron padecer nuestros adversarios comenzó a revelarse con las primeras discusiones que tuvieron entre ellos. Era indudable que estaban molestos. Se pusieron aún peor cuando Jesika, en un corner que tiré yo, acertó el 3 a 0 con un soberbio cabezazo.

Ahí uno de ellos se calentó mal y le gritó a su compañero que la debía marcar: “te gana hasta ese puto”.