“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 13

El insulto lo escuchamos todos. Los de adentro y los de afuera, de donde se oyó un solo murmullo.

Jésika, que ya había vuelto a cubrir su puesto, lo tomó con suma tranquilidad. Nos miró con complicidad, y comenzó a avanzar hacia quien había vociferado la insultante frase.

Cuando llegó frente a él, sin perder nunca el control, le preguntó con tono gentil: “qué dijiste?”.

“Nada, nada, no te metas, es cosa nuestra”, le respondió.

La tensión había ganado nuevamente la escena, aunque ahora el ambiente se había espesado mucho más.

“No, no, repetí lo que dijiste”, insistió ella, pero el vago no le prestó atención y tomó la pelota para sacar del medio.

La cosa pareció calmarse, pero ni mínimamente. La bronca había quedado flotando en el ambiente, que se vio inmediatamente después.

Porque el mismo flaco que había soltado la ofensa se mostró desbordado, perdía la pelota seguido, pasó a insultar a sus jugadores y empezó a jugar con violencia, tirando patadas innecesarias a quien se le cruzara.

Hasta que se le topó con la Jésika en una pelota dividida que ella paró con admirable técnica, siempre al ritmo bamboleante de sus erguidos pechos.

Le hizo un amague elegante, y el tipo pasó de largo como un caballo desbocado. Pero inmediatamente pegó la vuelta y le pegó un planchazo a la altura de la rodilla, que de nuevo se escuchó el “uhuuuu” del público.

Ella reaccionó con un empujón y un ¡Qué te pasa la puta que te parió!

“Cerrá el orto putarraco”, le gritó el otro, retrocediendo por la fuerza del empellón.

Entonces la Jésika lo siguió calmadamente, a paso lento, y cuando se detuvo frente al contrincante levantó su torneada pierna derecha a la altura de la frente y descargó el pie con su zapatilla nuevita y su suela con los taponcitos intactos en la cara del adversario. Más que un golpe fue un zarpazo con el pié, pero con gran precisión.

El muchacho ni intentó un contraataque. Se tomó el rostro con las dos manos y buscó como para protegerse uno de los costados, donde fueron a asistirlo sus demás compañeros.

Jésika hizo un gesto de desagrado, y corriéndonos hacia nuestro arco nos pidió perdón con una sinceridad que por lo menos a mí me conmovió.

La calmamos. “No pasa nada, se la buscó el boludo”. Pero igual estaba desencajada, y se sentía culpable.

 

En eso vimos que el equipo rival se retiraba a los vestuarios. Entonces pudimos advertir la herida que le afectó al rival la nariz y la boca, por donde le brotaba abundante sangre. Era como un raspón que le cubría desde la frente al mentón.

Se hizo un silencio total. Nadie de afuera dijo nada. Justo en ese momento se empezaron a apagar las luces de las canchas vecinas, por lo que quedamos en la nuestra como si fuéramos  pacientes de un enorme quirófano al aire libre.

No queríamos volver a los vestuarios enseguida para no encontrarnos con los otros, así que optamos por quedarnos un poco más dentro del rectángulo iluminado.

Al rato los vimos salir, por lo que marchamos nosotros también a cambiarnos de ropa. Ella nos acompañó, y se puso un pantalón largo de gimnasia que había llevado en un bolso sobre el corto.

Estaba apesadumbrada. Medio entre lágrimas nos volvió a pedir perdón, varias veces.

“Ya está, no te calentés más que no es para tanto”, le insistimos también.

Sin más comentarios nos fuimos quitando los uniformes de futboleros. Mientras lo hacíamos parecía que todos reflexionábamos a la vez sobre los sucedido –lo que seguramente pasaba-, hasta que no sé quien bromeó con el estado en que quedó el atacante de la Jesika.

“Le dibujaste un mapa en la cara”, dijo. El comentario hizo estallar las risotadas. Era evidente que entre el cúmulo de pensamientos coincidíamos en eso.

“Todo mal –respondió ella. “No juego nunca más”, agregó. “Es una vergüenza”.

No la quisimos contradecir porque se la notaba muy afligida.

“Ya está, acompañanos a tomar algo fresco, es parte del encuentro también”, le indicamos.

Con pocas ganas aceptó.

Cuando salíamos nos recordó que el incidente iba a generar miles de rumores.

Estaba muy en lo cierto.