“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 4

El relato de Jorgito –perdón, la Jesika- era tan apasionante que nos debieron avisar cuando cerraba el bar. Ni se cuantos tragos nos tomamos. Terminamos en un rincón de la barra, donde se siente menos la música para escucharla con claridad.

La apaliadura que le había dado el tipo aquel hizo que a partir de allí nuestra amiga cambiara su manera de pensar en muchos aspectos. Sentimos que el recuerdo le hacía mal.

Todo su relato lo hizo lanzando volutas de humo azul de cigarrillos que prendía uno tras otro, con intervalos en que se concentraba en el vaso.

Pero de repente se exaltó al recordar el hecho central, el que la hizo conocida, y que fue el comenzar de una cruzada en defensa de las trabadoras sexuales. Averiguó que no era la única en sufrir a un cliente violento, y que en la mayoría de los casos –salvo de que hubiera un muerto- las autoridades no se preocupaban por averiguar que había pasado.

Por eso se puso al frente, y junto con otras compañeras y organizaciones sociales lograron al menos que se condenara a un par de agresores, lo que sirvió para que a partir de allí comenzaran a respetarlas un poco más.

Pero no se conformó con dedicarse a defender solo a travestis y prostitutas, y calló en la cuenta de que había muchos otros, más allá de su preferencia sexual, que necesitaban ser defendidos.

Evocó con orgullo que se metió en villas, colaboró en comedores populares, ayudó a hacer trámites a desvalidos y hasta se ponía al frente en las marchas de protesta. Así estuvo unos diez años. Al principio repartió el tiempo entre la tarea social y su trabajo sexual, que le daba buenos réditos económicos. Pero después decidió retirarse de la prostitución, aquejada –dijo- por una sensación de asco.

Fue entonces cuando sintió la necesidad de volver a su pueblo y seguir con su función benéfica entre los suyos.

-Y acá estoy, decidida a luchar por los indefensos y feliz de encontrarme con mis compañeritos de escuela, dijo Jorgito, (perdón Jesika).

Ahí apareció el dueño del bar y nos pidió amablemente que nos retiráramos, mientras miraba deseoso a nuestra amiga. Cuando salimos despuntaba el sol. Nos despedimos en la vereda, muy animamos por esa historia de vida, y le ofrecí llevarla a su casa.

No gracias, dijo, prefiero tomarme un taxi.

¿Alguien necesita que lo lleve?, preguntó en cambio.

Nadie quiso. Nos dio uno por uno con beso resonante en la mejilla, y se fue repiqueteando los tacos a tomar un auto en la parada de la esquina.