“La Jesika, el carrilero sensual” capítulo 5

No esperaba que se apareciera por el negocio, sinceramente. Menos mal que estaba solo esa vez, porque Alejandra había llevado los chicos a básquet. Por supuesto que le había contado a mi mujer el reencuentro con Jorgito aquella noche en el bar. Estaba al tanto de todo, y hasta le había confiado que Jesika, esa mujer, tenía algo que me agradaba.

Estaba por cerrar cuando entró. Llevaba puesto un saco de cuero refinado y un jean ajustado que destacaba sus piernas moldeadas y su cintura tan fina, que era con seguridad la envidia de muchas mujeres. Llevaba el pelo con un rodete y dos mechones caprichosos le caían al costado de los ojos.

Me puse colorado, y ella me lo hizo notar.

-Tranquilizate Domínguez, me pidió alegremente, vengo solamente a darte mi número de teléfono y a que me des el tuyo. Tengo ganas de que nos juntemos, todos, así seguimos charlando. Te parece? Le comentás a los otros chicos?

Si, claro, respondí.

Todo lo decía con mucha seguridad, aunque con un tono en la voz que recordaba su origen masculino que me obligaba a recordar que era Jorgito.

-Muy linda tu tienda, señaló echando una ojeada rápida por todo el local.

Después anotó mi número y se estiró por sobre el mostrador para darme un beso.

-Chau corazón, nos estamos comunicando, dijo. Y se fue.

Esa misma noche les conté a los muchachos sobre la inesperada visita. Como todos los jueves nos juntamos a jugar al fútbol 5 en la cancha de La Rivera. Y como sucedía a menudo, nos fuimos todos peleados, resignando las tradicionales pizas con cerveza del tercer tiempo. La discusión fue como otras veces porque nos pegaron un paseo tremendo. Yo conté una diferencia como de 14 goles. Hubo más, pero de la bronca que tenía los dejé de contar, como hacía siempre. Es para mí como un antídoto para el sufrimiento deportivo. Los otros no paraban de correr. La delantera nuestra funcionaba, y los primeros minutos fue gol a gol. Pero cuando atacaban ellos pateaban al arco y festejaban. No teníamos defensa. El Gordo podía jugar un rato, pero después se moría y había que reemplazarlo. Esa vez decidió llevar de repuesto a un primo suyo que dice que estuvo a punto de ir a Bánfield. Pero nosotros decimos que lo querían llevar a trabajar a una ferretería, y el Gordo se enoja. Es horrible.

Por suerte la charla sobre la aparición de Jesika fue antes del partido, porque cuando perdemos solemos molestarnos entre nosotros y no nos hablamos por lo menos hasta el viernes por la noche siguiente.

Yo dije en joda, mientras nos preparábamos para entrar a la cancha, que cuando no tengamos un dos lo llamemos a Jorguito o a la Jesika, aclaré enseguida. Fue una sola atronadora carcajada.

Imaginatela con esas tetas tirándola al corner; no se nos cagarían de risa los otros; que cachengue sería nuestro vestuario, fueron algunos de los comentarios.

Esa noche mientras me bañaba en casa, recaliente todavía por la goleada, me dije convencidísimo que ni el Gordo ni su primo que se cree crack se pueden comparar con Jorgito jugando de dos.