“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 6

Ni bien entró por la puerta del quincho me di cuenta –en realidad todos nos dimos cuenta- que estaba distinta.

Vestía muy parecido a como había ido a la tienda. Un saco de cuero, jeans y botas de punta fina. Llevaba el pelo suelto y el mismo perfume de mujer sin inhibiciones.

Lo primero que me llamó la atención más que nada fue su mirada. Sus ojos no eran lo vivaces que lució en el bar y después en el negocio. Estaban más bien apagados y me invadió la visión, que emergió súbitamente después de un pestañeo, de volver a ver a Jorgito.

Fue como retroceder hasta la primaria. Porque negarlo, hasta reviví ese algo parecido al miedo que sentía cuando éramos chicos, las veces que  nuestras miradas se juntaban. Y un par de veces advertí en los míos esos carbones negros que ahora estaban apagados.

Después de colgar el saco en un perchero de la pared se sentó con su acostumbrada elegancia, cruzada de piernas, en un banco de madera. Aceptó un Fernet y encendió un cigarrillo.

El asado chirriaba sobre la parrilla, y el aroma irresistible de la carne asada a punto para servir dominaba el reducto. De fondo sonaba el mejor disco de Divididos, 40 dibujos ahi en el piso.

-Que rico, dijo, después de echar una mirada rápida por el fogón, y quedó con su rostro serio, con el vaso entres sus manos. Le preguntamos que le pasaba, pero aseguró que andaba todo bien.

El Gordo se dispuso a poner los cubiertos y las tablitas, mientras contaba algunos chistes machistas referidos al rol de poner la mesa, como para ponerle algo de humor a la velada, que la misma Jesika con su seriedad, había empañado. Pero ella mostró solo una sonrisa de compromiso como para no dejarlo desairado.

Medio que nos puso incómodos. Éramos ella –o él, porque no podíamos olvidarlo, a pesar de los intentos- y un grupo de pajarracos aún desconcertados por la transformación del compañerito que había aparecido lo más campante después de casi dos décadas, y que encima ahora se comportaba de lo más extraño.

Después de comer, y tras de varias copas de vino tinto, quiso ponerle un poco de onda e hizo algunas preguntas sobre la vida del pueblo en los últimos años.

Ese tema había sido el motivo de la convocatoria. Nos había adelantado que quería saber como eran los barrios nuevos, donde se veía más pobreza, que se hacía para contenerla y como actuaban los medios periodísticos, entre otras cosas. Buscaba un diagnóstico para empezar su tarea solidaria, según dijo.

Pero su interés en la charla enseguida se desvaneció, y volvió a mostrar su cara triste.

Sin disimular nuestra incomodidad empezamos a levantamos la mesa lo más rápido posible, porque el programa nuestro seguía en el bar de siempre, por lo menos un par de horas más porque al otro día todos teníamos que trabajar.

Ella pescó nuestra molestia en el acto. También se puso de pie y colaboró en el rejunte de vasos, tablas y cubiertos.

Cuando ya estaba todo mas o menos ordenado y nos preparábamos para recoger nuestros abrigos Jesika hizo el comentario que nos dejó helados:

-Así que siguen jugando al fútbol. Hace tanto que no me juego un picadito.

Nos miramos sorprendidos, y no pudimos evitar lanzar una sonrisa al unísono, de complicidad. Después coincidimos en que cada uno recordó la charla del vestuario, cuando se me ocurrió decir que si necesitábamos un zaguero la podríamos llamar a ella.

-Claro que seguimos jugando. Viste que el fútbol es todo para nosotros, o casi todo, le expliqué.

Jesika asintió con un gesto de su cabeza, como concentrada en lo que había dicho.

-Es cierto, contestó.

Y lanzó el pedido que todos temíamos: -Che, si alguna vez les falta uno me podrían avisar.

Nos quedamos en silencio. Cada uno tomó su campera del perchero y salimos sin decir una palabra, y nos fuimos derechitos al bar a debatir su pedido, ya que se prestaba a diez mil divagues que nos retorcerían de risa y lo queríamos festejar en caliente. La invitamos, como de compromiso, pero ella dijo que no, que al otro día se tenía que levantar temprano, y eso nos tranquilizó un montón.