“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 7

Llovía, pero estaba bellísima la noche. Nosotros también teníamos que levantarnos temprano. Pero coincidíamos, sin decirlo, que esa velada no estaba para dejarla así. El impacto había sido grande, porque todos sabíamos que el pedido no iba a pasar inadvertido. Había distintas posturas en el grupo, y más de uno revelaba en su costado serio no convalidar prejuicios, discriminación y cosas por el estilo, por lo que considerarían la situación con total seriedad, por más que la historia era muy risueña para nosotros, y seguramente para otros también. Obvio, nuestros clásicos rivales de la cancha se harían un festín.

Pero eso no importaba. Ahora había que discutir la cuestión de fondo, y un par de copas no vendrían mal para clarificar el entendimiento, que se estaba tornando medio confuso.

Llegamos al boliche con el chaparrón en su esplendor. Pero estaba muy agradable, una suave brisa refrescaba y traía mezclados los aromas de las chacras. Así que estuvimos de acuerdo en quedarnos en la vereda, bajo un toldo de chapa donde repiqueteaba la tormenta.

Ocupamos dos mesas del lado de la vidriera donde se observan las mesas de pool, y el pasillo del baño donde hace algunos meses nos volvimos reencontrar con Jorgito, o la Jesika. Yo pasé derecho al baño. Cuando volví, después de saludar a otros amigos y conocidos, los muchachos ya estaban instalados. No había silla para mí, así que busqué con la vista alguna que estuviera desocupada en las mesas vecinas. Ahí vi a dos tipos que me llamaron la atención. Eran dispares. Uno alto y desgarbado, con una mandíbula inferior algo prominente, que le hacía el rostro largo, y un bigote espeso tipo escobillón. El otro, en cambio, era petiso y gordito, con cachetes abultados y ojitos vivaces, que parecían mirar desde atrás de una tabla.

Como tenían en su mesa dos sillas sin ocupar, me acerqué prudentemente y les pregunté si podrían facilitarme una, a lo que ellos respondieron amablemente.

Puse el asiento en un espacio que había quedado en una de las cabeceras y me detuve a observar a esos dos sujetos. Si bien no había nada particular en ellos, tenían algo que los hacía interesantes. Estaban los dos en silencio, mirando concentrados cómo caía la lluvia y formaba ríos que corrían contra el cordón. Eso era capaz lo que me sorprendía.

El mozo trajo cervezas, una botella de vino con dos copas, un par de fernet y un gin tonic para mí. Para esto ya habían empezado las bromas y los divagues respecto a la proposición de nuestra amiga. Todo muy previsible.

Al principio no lo pude creer. Pensé que era una ilusión que dibujaba el chubasco. Agudicé mi atención, y eso hizo que me irguiera. Faltó que diera dos pasos para convencerme que era ella. Se había puesto un tapado impermeable como un sobretodo, pero su manera de caminar la delataba. Llegó hasta donde estábamos nosotros y se paró sonriente. Tenía los cabellos algo mojados, y la cara también.