“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 8

Tamaña sorpresa nos puso incómodos y no supimos qué hacer. El Gordo estuvo rápido y le ofreció su silla, y fue entonces a la mesa vecina a pedir otra. La escena que siguió a continuación terminó por convencerme de que esos dos tipejos eran muy raros. Ambos quedaron mirando embobados a la Jesika, que antes de tomar asiento se sacó la campera y la dejó en el respaldo, liberando así su cuerpo exuberante. Era el retacón el que había quedado más impactado. Le clavó sus ojillos de piche sin disimulo, y todos vimos en su gesto como le caían los cachetes hasta derramarse en la papada.

Yo partí cerca de las 3, cuando la charla se animaba cada vez más y las bebidas se sucedían y se sucedían. Se me cerraban los ojos, y el teléfono me había sonado un par de veces con sendos reclamos de presencia.

Había parado de llover y las luces de la calle hacían que el pavimento mojado despidiera un  raro brillo cuando tomé mi abrigo y pegué la vuelta a casa.

Estaba por salir para el negocio cuando me llamaron para preguntarme si no sabía nada del Gordo.

Ni idea les respondí, fui el primero en irme. Sí, lo sabemos, pero tenés que colaborar para encontrarlo, su teléfono está apagado y los padres están como locos.

Hice un par de llamados para saber qué estaba pasando y hasta fui a consultar a los mozos del bar. Todo indicaba que el Gordo había sido el último en retirarse, junto con la Jesika. Con ese dato salimos en su búsqueda.

Al principio el rastrillaje fue bastante desordenado y no dio resultados. Nos dimos cuenta cerca del mediodía, cuando nos juntamos a evaluar el operativo y tomarnos un café.

Cada uno había andado por su lado. Pero nadie había ido a la comisaría ni al hospital.

Era como que no queríamos ir a esos lugares, porque significaba el peor desenlace.

No obstante nos organizamos, y un grupo fue a la policía y el otro al hospital.

Pero nada. En ninguno de los dos sitios tenían noticias de él.

Qué hacemos ahora?, dónde podrá estar este desgraciado?, nos preguntamos ya desconcertados.

Alguien sabe donde vive la Jésika?, pregunté como al pasar. Ni idea, respondieron los muchachos casi a coro.

Todos recordábamos donde vivía Jorgito, pero no nos daba ir hasta allí. No sabíamos cómo podía responder su familia.

Por eso empezamos a averiguar con otros amigos y conocidos. Ella no pasaba desapercibida, para nada.

Por fin nos dieron una pista. De acuerdo a la descripción que habíamos dado, había una chica que vivía en un complejo de departamentos en uno de los barrios más alejados del centro.

Hacía allá fuimos, y grande fue la sorpresa que nos esperaba.