“La Jesika, el carrilero sensual”, capítulo 9

El edificio era una enorme mole pintada de gris y columnas verdes. Era de cuatro pisos en forma de “U” con decenas de puertas que se podían ver a través de las escaleras descubiertas.

Había un grupo de chicos jugando a la pelota entre los autos estacionados en la playa situado en el medio de la “U”, así que fuimos hacia ellos para preguntarles si conocían a Jesika. No tardaron mucho en identificarla e indicarnos cuál era su departamento, a la vez que esbozaban risitas cómplices sobre los detalles que destacaban a quien buscábamos. El pelo largo, su figura lujuriosa, su ropa extravagante, su perfume y ese tono de voz algo extraño.

Segundo piso nos dijeron, aquella puerta, señaló uno con el dedo, y emprendimos la subida, como su fuéramos un comando de espías, por la escalera que daba a la izquierda, haciendo retumbar cada paso que dábamos al escalar los peldaños.

Al llegar junto a la puerta de chapa verde, como todas las otras puertas, di varios golpes que se sintieron en el resto del complejo. Algo sentimos en la planta baja, y al mirar divisamos al grupo de chicos que habían dejado el picado que los tenía concentrados, y seguían atentamente nuestros movimientos. Vimos sus ojos concentrados en nosotros, como una familia de surikatas que ven rondando al voraz enemigo cerca de su territorio.

Esperamos algo unos treinta segundos, y nadie respondió el llamado. Volvimos a golpear con el mismo énfasis, y tampoco. Pero de pronto algo se escuchó desde el interior. Un movimiento brusco, como que hubieran tropezado con una silla.

Gordo, abrí. Somos nosotros. Queremos decirte algo. Abrí no seas boludo, lo increpé en voz baja, con la cara pegada contra la puerta y lo más disimuladamente posible, para no exponer más nuestra molestia por ese amigo irresponsable que desaparece una madrugada y reaparece, forzado, después del mediodía, sumergiendo a sus padres en la desesperación absoluta.

El breve silencio que siguió nos hizo acrecentar más la ira. Era como se estaban burlando de nosotros si no atendían.

Cuando ya íbamos a arremeter de nuevo con los golpes sentimos que por dentro ponían la llave en la cerradura, para luego hacerla girar, y liberar así la puerta que abrió un resquicio que permitió distinguir entre la espesa oscuridad del interior, la figura recortada de la redonda cara del Gordo.

No era su cara de siempre. Y yo había visto esa cara antes. Sus ojos estaban cargados por párpados que le caían hasta el meridiano de los globos como un telón. Los abrió como dos platos cuando nos vio firmes ante la puerta, en un gesto que intentaba convencernos de que él no entendía porque tanta bulla, y qué se sorprendía por nuestra urgencia.

Todo bien muchachos, qué pasa? preguntó.

Cómo qué pasa Gordo. Tus viejos están muy preocupados, llamalos para que se tranquilicen!, le rugí.

Bueno, dale, ahora los llamo, contestó con el propósito de calmarnos, y yo creo que para que nos retirásemos.

Estaba rarísimo, y era evidente que no nos quería hacer entrar.

Podemos pasar, le pregunté de todos modos.

Mejor no, respondió.

Con quien estás, le volví a preguntar.

Con la Jesika, dijo.

Dale, dejanos pasar, insistí.

Mejor no, vayan que ahora me voy a casa.

En eso escuchamos la descarga del baño y el cerrar de una puerta. Inmediatamente apareció la Jésika detrás del Gordo, y tirando de la puerta le pidió: dale, dejalos pasar.

Lo primero que sentimos fue el intenso olor a cigarrillo. Parecía que se habían fumado la vida. Encima de la mesa había una caja de cigarrillos, un cenicero lleno de puchos y un mazo de cartas. Además habían puesto frazadas en las ventanas, con la evidente finalidad de no dejar pasar la luz del día.

Estaban raros los dos, y se miraban con complicidad.

Dale Gordo, vamos a mi casa y llamamos a tus viejos, le ordené.

Pero el Gordo no quería saber nada.

Vayan ustedes, ya soy grande para que me lleven de las orejas, manifestó con gravedad.

Así lo hicimos.

Mientras bajábamos las escaleras sentimos que daban dos vueltas a la cerradura y retiraban la llave.

Abajo los pibes habían retomado el picadito entre los autos estacionados y ni nos miraron cuando nos fuimos.